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LA CORRUPCION QUE LLEVO A LA REVOLUCION FRANCESA

Post 16 Octubre 2017 By Fernando Borja Gallegos In Editoriales

Por Fernando Borja Gallegos

El silencio cómplice frente a la inmoralidad desbordante de la nobleza y de los banqueros en la Francia de 1778, así como la crisis económica, devino en desocupación y, por ende, en la falta de bienestar y de alimentos, aspectos que causaron levantamientos y motines que tomaron cuerpo y se transformaron en violentos a principios de enero de 1789.

Una Corte que derrochaba recursos, grupos oligárquicos que obstaron que se adopten reformas y un Rey inepto, sin personalidad, secuestrado por una mediocre aristocracia que lo impedía gobernar, sentaron las bases para la revolución.

Por los antecedentes expuestos y ante la perspectiva de la quiebra financiera de Francia, Luis XVI, convocó a los Estados Generales, lo que significaba reunir al Clero, la Nobleza y al Tercer Estado. Desde el año de 1614, los Estados Generales no se habían reunido, pero dada la crisis imperante, el Rey los convocó a fin de que adopten las medidas conducentes a solucionar la crisis económica.

El 5 de mayo de 1789, se instalaron los Estados Generales: el Tercer Estado planteó que los representantes de las tres clases se reúnan en Asamblea Unica. El clero y la nobleza rechazaron la propuesta y, en virtud de la constante pugna, en junio, el Monarca ordenó al Clero, a la Nobleza y al Tercer Estado que se separen y que voten cada uno en su cámara. El Tercer Estado o Estado Llano, desobedeció la orden y, en ese preciso momento, apareció el temido Gabriel Honorato de Riquetti, Conde de Mirabeau, quien públicamente dijo “Id a decid a vuestro amo que estamos aquí por la voluntad del pueblo y que sólo saldremos por la fuerza de las bayonetas”.

El Rey temeroso claudicó, los Estados convertidos en Asamblea Nacional, reunidos en Cámara Unica, dio inicio a la reforma de Francia, por tanto, en verdad, se dio inicio a la Revolución Francesa.

En la Asamblea se distinguieron, entre otros, el Obispo de Autum, Charles Maurice de Tayllerand-Périgord, que planteó la nacionalización de los bienes de la Iglesia, clérigo que fue excomulgado en abril de 1790; Gilbert de Lafayette, militar francés que apoyó la sublevación de las colonias inglesas de Norteamérica; José Fouche, ex sacerdote, electo diputado a la Convención que expidió la Constitución de 1791, individuo que se convirtió en regicida, cuando el 16 de enero de 1793, votó por la muerte de Luis XVI, además, se lo recuerda por ser el verdugo de Lyon; Maximilian de Robespierre, el implacable individuo que, se consideró el portaestandarte de la virtud y de la verdad y, revestido de autoridad como diputado de Artois, mandó al cadalso a Danton y a miles de franceses.

El imperio de la corrupción, del despilfarro de los dineros públicos, del errado criterio del origen divino de los monarcas y de la diferencia de clases, estableciendo torpes diferencias que se oponían a la igualdad, produjeron la toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789, que fue el precedente inmediato del fin de la Monarquía y, por tanto, del futuro establecimiento de la República.

La Asamblea Constituyente, el 26 de agosto de 1789, aprobó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que como preámbulo integra la Constitución de 1 791.

La referida Declaración “consagra la igualdad, la libertad y la resistencia a la opresión y destaca que son derechos naturales e imprescriptibles..”.

En el Ecuador, la impúdica conducta de los rectores de la vida nacional, que en reiterados períodos saquearon las arcas fiscales, como advertí en su oportunidad, en mi libro Aquí existió un país: su noble pueblo no pudo contra la corrupción, tercera edición, publicado en abril del 2011, produjo pobreza y miseria generalizadas las que, con caracteres alarmantes se agudizaron en la época contemporánea. Por tanto, es necesario que el pueblo ecuatoriano conozca la verdad de los hechos dolosos, de sus autores, de sus cómplices y encubridores y, revestido de paciencia, con calma y energía de inicio al gran juicio de la Historia: el Ecuador acusa. El Tribunal: el pueblo. El escenario: el territorio nacional; y, los culpables sean castigados ejemplarmente.

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