Los totalitarismos y abusos del poder tienen un catastrófico final, pero destruyen naciones, asolan a los pueblos y mutilan a varias generaciones. Baste revisar las secuelas de la Primera y Segunda Guerra Mundial, así como los hechos en Oriente Medio. Caen los tiranos, pero queda la huella del dolor y las cenizas sobre las que se reconstruyen las naciones.
La participación internacional para frenar la violencia es lenta y tardía. Prima la teoría de no intervención, pero ¿es válida para frenar el asesinato de millares de seres humanos, de niños, mujeres y más víctimas inocentes de las locuras del poder, como lo que está sucediendo en Siria, por ejemplo?
¿Quién puede entender cómo líderes demoníacos como Hitler, que exterminó a millones de judíos, convirtió sus pieles en pergaminos o utilizó sus cabezas reducidas como pisapapeles? ¿Cómo entender los crímenes de los ‘Camisas Negras’ de la Italia de Mussolini o de otros tantos tiranos? Nada hubiese sido posible sin adláteres convertidos en ejecutores.
El despertar de los pueblos hacia nuevas formas de gobierno, como lo que está logrando la rebelión árabe o la alternabilidad democrática que viven Europa y América, es la respuesta de una vida civilizada, sin odios ni venganzas, en la que primen la sensatez, la serenidad y la razón.
La no reelección es una buena práctica democrática de naciones con gobiernos parlamentarios o presidencialistas, aunque en algunos casos se recurre a toda clase de artimañas para perpetuarse en el mando. Para fortalecer esta tendencia es necesaria una sólida educación política, la formación de líderes, el fortalecimiento de partidos políticos, el respeto a la oposición. Pero, ante todo, alejar la injerencia del poder en la administración de justicia.
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LOS ABUSOS DEL PODER
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